No recuerdo cuándo apareció.
Si alguien me preguntara el día exacto en el que empezó a acompañarme, no sabría responderle.
Hay preguntas que llegan de golpe. Otras, en cambio, se instalan de una manera mucho más silenciosa. Se sientan en algún rincón de la vida y esperan. No hacen ruido. No exigen nada. Simplemente permanecen ahí.
La mía decía algo bastante simple:
¿Cuál es mi propósito?
Durante mucho tiempo pensé que la dificultad estaba en encontrar la respuesta.
Hoy creo que estaba equivocada.
La dificultad nunca fue responder.
La dificultad fue aprender a convivir con una pregunta que todavía no podía responder.
Y eso, aunque parezca un detalle, cambió muchas cosas.
Vivimos en un tiempo que premia la rapidez. Todo parece tener que resolverse enseguida. Si algo duele, buscamos cómo dejar de sentirlo. Si algo incomoda, buscamos una explicación. Si una decisión nos genera dudas, salimos a buscar opiniones hasta que alguna coincida con lo que queríamos escuchar.
Nos cuesta muchísimo permanecer un rato en el "todavía no sé".
Quizás porque confundimos incertidumbre con fracaso. Como si no tener una respuesta significara estar perdidos.
Yo también lo creí durante años.
Busqué respuestas en libros. Escuché historias de personas que parecían haber descubierto exactamente para qué estaban en este mundo. Me fascinaba escucharlas. Había algo de esperanza en esas historias.
Si ellas lo habían encontrado, tal vez yo también podía hacerlo.
Pero cada vez que cerraba un libro o terminaba una charla, la pregunta seguía ahí.
Esperándome.
Con el tiempo entendí algo que todavía hoy me acompaña:
Hay preguntas que no aparecen para ser respondidas. Aparecen para transformarnos mientras las habitamos.
Después de muchos años trabajando en organizaciones, liderando equipos operativos, comerciales y de Recursos Humanos, empecé a reconocer esa misma situación en muchas conversaciones.
Personas que parecían tener claro qué necesitaban cambiar.
Un trabajo. Una relación. Un equipo. Una empresa. Una decisión.
Pero, cuando la conversación avanzaba, algo empezaba a aparecer.
Hace un tiempo, alguien vino a conversar conmigo y, después de unos minutos, me dijo algo que escuché muchas veces, aunque siempre con palabras distintas:
"Siento que estoy haciendo todo bien, pero nada de esto se parece a la vida que imaginé".
Le pregunté qué significaba exactamente "hacer todo bien".
No respondió enseguida. Se quedó en silencio.
Y ese silencio dijo mucho más que cualquier explicación.
Porque, muchas veces, lo que buscamos no es una respuesta.
Lo que buscamos es alguien que nos ayude a hacer una pregunta diferente.
Con el tiempo entendí algo que, hasta entonces, nunca había logrado poner completamente en palabras:
Las personas rara vez llegan con el verdadero problema. Llegan con la historia que construyeron para explicarlo.
Y no es lo mismo.
Hay quien dice que necesita cambiar de trabajo. Otro cree que tiene que terminar una relación. Alguien está convencido de que el problema es su empresa, su equipo o su falta de motivación.
A veces es cierto.
Pero muchas veces no.
Muchas veces lo único que pasó es que llevamos tanto tiempo respondiendo automáticamente que dejamos de preguntarnos desde dónde estamos viviendo.
Y esto también ocurre en las organizaciones.
Líderes que creen que tienen un problema de desempeño. Equipos que creen que tienen un problema de comunicación. Empresas que buscan nuevas herramientas, nuevos procesos o nuevas estrategias.
A veces, todo eso es necesario.
Pero antes de buscar una solución, quizás vale la pena detenerse y preguntar:
¿Cuál es realmente el problema que estamos intentando resolver?
Porque una buena pregunta no cambia los hechos.
Cambia la manera en la que los miramos.
Y cuando cambia la mirada, empiezan a aparecer posibilidades que antes ni siquiera existían.
Con los años dejé de obsesionarme por encontrar respuestas brillantes.
Prefiero una conversación honesta. Prefiero una pregunta incómoda. Prefiero un silencio que obligue a pensar antes que una frase perfecta dicha demasiado rápido.
No creo que crecer tenga que ver con acumular certezas.
Creo que crecer tiene más relación con animarse a vivir un tiempo sin ellas. Con dejar de correr detrás de respuestas inmediatas. Con aceptar que algunas preguntas necesitan quedarse un poco más.
Quizás por eso sigo creyendo tanto en las conversaciones.
No porque resuelvan la vida. Tampoco porque tengan todas las respuestas.
Sino porque, de vez en cuando, tienen la capacidad de devolvernos una pregunta que jamás nos habríamos hecho solos.
Y hay preguntas que, cuando llegan en el momento indicado, pueden cambiar mucho más que cualquier respuesta.
Tal vez no necesitamos encontrar todas las respuestas.
Tal vez necesitamos animarnos a hacernos mejores preguntas.
¿Hay alguna pregunta que hoy esté esperando que te detengas a escuchar?
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