Durante mucho tiempo pensé que el desafío era llegar.

Llegar a un lugar donde mi opinión fuera escuchada. Donde pudiera influir. Donde tuviera la posibilidad de tomar decisiones importantes.

Y un día pasó.

Empecé a ocupar posiciones de liderazgo y, casi sin darme cuenta, descubrí algo que nadie me había enseñado: las personas empezaban a escucharme distinto.

Una idea dicha en una reunión podía cambiar un proyecto. Un comentario que para mí era menor podía quedarse dando vueltas en la cabeza de alguien durante días. Un gesto, un silencio o una cara de preocupación también comunicaban.

Fue ahí cuando entendí algo que todavía hoy intento tener presente:

El cargo te da autoridad. El liderazgo te obliga a revisar quién sos cada vez que usás esa autoridad.

Porque la autoridad pesa. Y también seduce.

A mí me pasó.

Sentí la necesidad de demostrar que estaba a la altura. Quise tener respuestas para todo. Más de una vez confundí involucrarme con controlar.

Y descubrí algo todavía más incómodo: cuanto mayor es la responsabilidad, más difícil puede ser encontrar personas que te digan exactamente lo que piensan.

El verdadero desafío no era liderar equipos

Con el tiempo entendí que el verdadero desafío no era liderar equipos. Era aprender a liderarme a mí.

Reconocer cuándo estaba decidiendo desde la convicción y cuándo desde el ego. Preguntarme si intervenía porque realmente agregaba valor… o porque necesitaba sentir que seguía siendo importante.

No siempre me gustó la respuesta.

Qué tienen en común los mejores líderes

En estos más de 20 años conocí líderes extraordinarios. Y nunca encontré un patrón en el tamaño de la empresa, en el cargo ni en la experiencia.

Sí encontré uno en las personas.

Hoy sigo aprendiendo. Sigo equivocándome. Sigo teniendo conversaciones que me hacen replantear ideas que creía resueltas.

Y quizás esa sea una de las mayores enseñanzas que me dejó el liderazgo:

No se trata de llegar a un lugar donde finalmente tenés todas las respuestas. Se trata de no dejar nunca de hacerte preguntas.

Y muchas veces, esas preguntas necesitan una conversación. Una conversación sincera, sin respuestas prefabricadas, que permita mirar lo que estamos haciendo, cómo estamos liderando y qué necesitamos transformar.

Ese es, justamente, el espacio que buscamos generar: acompañar a personas y líderes en esos momentos en los que seguir creciendo empieza por animarse a mirar hacia adentro.

Porque liderar a otros empieza, muchas veces, por tener el coraje de liderarnos a nosotros mismos.

¿Te resonó algo de esto?

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